Friday, November 04, 2005

Dios en la enseñanza de Jesus

El Dios del que habla Jesús es Yhwh, el Dios de la tradición monoteísta judía
En esa concepción heredada de Dios Jesús subraya y da prioridad a ciertos aspectos por encima de otros
Jesús enriquece la concepción judía de la divinidad con lo que él mismo ha aprendido en su propia experiencia personal de relación con Dios
Actualiza el anuncio profético tradicional de un Israel renovado que vivirá por siempre bajo la soberanía de Dios
Promueve entre sus seguidores una forma personal de relación con Dios basada en la imagen del “padre”.

La utilización de la imagen del rey en referencia a Dios es un elemento que Israel compartió con los pueblos cananeos del entorno. Parece que su arraigo se remonta al tiempo de la consolidación de la monarquía davídica y a la instauración de un culto oficial en el Templo de Jerusalén. Por eso es tan abundante en los salmos, las composiciones poéticas propias de la liturgia que allí se celebraba. Así, por ejemplo, encontramos expresiones como:“¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, compuertas eternas, para que haga su entrada el rey de la gloria” (Sal 24, 7); “El Señor domina las aguas desbordadas, el Señor se sienta como rey eterno” (Sal 29,19); “Su santo monte, su altura hermosa, es la alegría de toda la tierra; el monte de Sión, morada de Dios, es la capital del gran rey” (Sal 48,3) etc.
Aunque la función original de la concepción de Dios como rey era, seguramente, la de legitimar el poder del soberano humano, quien era considerado su representante en la tierra y recibía los títulos de “ungido de Dios” e “hijo de Dios”, esta imagen fue también empleada con mucha frecuencia por los profetas precisamente para acusar a los reyes de no ejercer el poder en conformidad con la justicia y la voluntad divina.
En la época postexílica y, más concretamente, en tiempos de Jesús la imagen seguía en plena vigencia y se usaba para fundamentar el proyecto de una nación judía independiente, gobernada teocráticamente. Así, por ejemplo, en el año 6 a.C. dos jefes religiosos, Judas el galileo y el fariseo Sadoc encabezaron una revuelta en contra de la autoridad romana bajo el lema de que Dios era su único rey y señor.
Significativamente, aunque Jesús coloca en el centro de su mensaje el anuncio de la llegada del reinado de Dios, nunca se refiere directamente a Dios como rey. Ocurre con esta denominación justamente lo contrario de lo que ocurría con la imagen paterna de Dios. Pues, a pesar de que ésta última no es totalmente desconocida en el Judaísmo de la época, aparece pocas veces y menos todavía en la expresión familiar “abbâ” que, como vimos, utilizaba Jesús.
El Dios del que habla Jesús tiene, sin embargo, un proyecto de acción en relación con su pueblo, va a venir a reinar sobre él, y la buena noticia es que lo hará como padre. Ambas cosas, la invocación de Dios como padre y el comienzo de su reinado, aparecen unidas de forma admirable en la primera parte del Padrenuestro: “Padre ... venga tu reino” (Q 11,2b). El reino que viene es el reino del Padre.

Jesús era judío y su relación con Dios se encuadra en el marco de la experiencia religiosa de Israel, en especial de su vivencia del monoteísmo. Pero la experiencia que Jesús tenía de Dios, y que intentó transmitir a quienes le escuchaban, estuvo también determinada por su biografía y su búsqueda personal. Es probable que naciera en el seno de una familia de emigrantes judíos piadosos, instalados en una pequeña población galilea habitada por otros inmigrantes de la misma procedencia, donde probablemente se practicaría el Judaísmo común como forma de identidad grupal y personal. De su búsqueda religiosa sabemos que poco antes de comenzar su actividad pública independiente formó parte del círculo del Bautista, y podemos sospechar que había estado antes en contacto con otros grupos religiosos.
La experiencia de Dios adquirida por Jesús se manifiesta en su enseñanza a través de dos metáforas fundamentales, muy arraigadas en la cultura y la historia del pueblo judío: la del padre y la del rey. La primera pertenece al ámbito doméstico y refleja el modo de ser de Dios. La segunda se inscribe en el ámbito político y habla del proyecto de Dios en relación con los hombres. Aquí estudiaremos la primera, mientras que la otra será tratada en las secciones 8 y 9 de este mismo tema.
Para Jesús Dios era ante todo Padre. Esta imagen la encontramos con muchísima frecuencia en sus oraciones, cuando hablaba de Él a sus discípulos y en sus enseñanzas. Pero también está implícita en sus obras, pues Jesús imita la forma de actuar de Dios del mismo modo en que un hijo debe imitar el comportamiento de su padre.
Jesús se refirió con frecuencia a Dios con la palabra “abbâ”, tomada del lenguaje familiar, con la que los niños pequeños llaman a su padre y que los adultos utilizan como título de respeto.
Ahora bien, la imagen de Dios presentada por Jesús no se ajusta del todo a la que entonces se tenía del padre. Para poder apreciar correctamente la continuidad y la originalidad con la que utiliza esta metáfora familiar, necesitamos conocer las connotaciones que tenía la figura del padre en la cultura mediterránea del siglo primero.
La cultura mediterránea era patriarcal y patrilineal. Este hecho es decisivo para comprender la figura del padre en ella. Las culturas patrilineales trazan la descendencia a través de los varones y asignan al varón más representativo, el paterfamilias, una enorme autoridad sobre todos los miembros de la familia. La relación dominante en la familia patriarcal es la relación padre-hijo, porque era ella la que aseguraba la transmisión del patrimonio y la continuidad del grupo familiar. Los comportamientos implicados en esta relación básica estaban muy bien definidos, y gracias a ello nos es posible conocer qué es lo que se esperaba de un padre en relación con sus hijos.
La primera obligación de un padre hacia su hijo era proveerle del sustento necesario, ofrecerle un techo donde cobijarse, protegerle y ayudarle en todo. El padre tenía también la obligación de educar e instruir a su hijo y tratarle con severidad, imponiéndole su autoridad incluso con castigos.
Cuando situamos los dichos y el comportamiento de Jesús en su contexto cultural, descubrimos que existe bastante continuidad en lo que se refiere a las obligaciones que el padre tenía hacia el hijo. Dios aparece como padre solícito que da cosas buenas a sus hijos y está pendiente de todo lo que éstos necesitan (Q 11,9-13; 12,6.30; Lc 12, 22-32, Q 10,21). Por eso Jesús y sus discípulos pueden dirigirse a él con toda confianza diciendo: “Padre .... danos hoy el pan necesario” (Q 11,3). También Dios instruye directamente a sus hijos a través de una revelación misteriosa que Jesús descubre agradecido: “En aquel tiempo dijo: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado todas estas cosas a los sabios y a los inteligentes, y se las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Q 10,21).
Esta misma solicitud del padre hacia sus hijos la encontramos en el comportamiento de Jesús en su afán de instruir a la gente, pero sobre todo, en sus exorcismos y curaciones. No puede pasar de largo cuando se encuentra con los enfermos (Mc 10, 46-52) ni puede dejar de atender la petición de una madre angustiada (Mc 7, 24-30). Al sanar a los enfermos y al liberar a los endemoniados, Jesús actúa movido por los mismos sentimientos que atribuye a su padre Dios.
Ahora bien, si continuamos examinando los dichos y la actuación de Jesús descubriremos que este Padre no responde exactamente a la idea que en su entorno cultural se tenía de la figura paterna. Hemos visto que la principal atribución de un padre dentro de la familia era su autoridad. Sin embargo, al hablar de Dios como padre, Jesús no subraya su autoridad sino su capacidad de perdonar, su generosidad, su paciencia y su inagotable compasión. Es como el padre que recibe con los brazos abiertos al hijo que le había ofendido y deshonrado al marcharse de casa con su parte de la herencia (Lc 15,11-32), como el sol que ilumina y calienta a buenos y malos (Q 6,36), como el pastor que deja todo el rebaño para rescatar a la oveja perdida (Lc 15,4-7).
Esta capacidad de perdón y compasión se refleja también en el comportamiento de Jesús cuando perdona los pecados a un paralítico (Mc 2,1-12) o acoge a los pecadores en su compañía (Mc 2,15-17).
Al presentar la compasión y el perdón como los rasgos que mejor definen a Dios, Jesús se distancia de la imagen paterna que era común en su cultura y lanza una severa crítica contra la autoridad patriarcal. Dios no es como los padres de este mundo, que dominan y anulan a los suyos. Jesús rechaza la autoridad desmedida del paterfamilias (Mc 10,1-12) e invita a sus discípulos a tomar a Dios como única referencia válida de padre.
Otro de los rasgos en los que el Padre de Jesús se opone a los padres de este mundo es en su capacidad para integrar en torno suyo, como hijos, a todos cuantos lo deseen. En una cultura de orientación colectivista, en la que la familia era el principal grupo de referencia, una de las tareas del padre consistía en reforzar los límites que separan a los de dentro de los de fuera, y en defender a la familia frente a las amenazas externas. Jesús, sin embargo, habla de un Padre que invita a extender a los de fuera, incluso a los enemigos, el amor que caracteriza las relaciones con los de dentro. El comportamiento de Jesús imita también aquí el de Dios: se acerca a los enfermos y a los endemoniados, que eran considerados impuros; trata con los pecadores, una compañía poco adecuada para un hombre religioso; y se relaciona con los extranjeros.
Generosidad, solicitud, compasión, perdón y capacidad integradora son la características que definen al Dios-padre de Jesús.

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